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jueves, 16 de junio de 2011

El trabajo

El día estaba nublado y caluroso; pero de todos modos tenía la convicción de que no iba a llover, asique no salí con paraguas. Cerré el portón del edificio, caminé hasta la esquina y esperé a que el semáforo indicara que podía cruzar. Doblé en dirección a la avenida y en cuanto llegué le hice señas a un taxi.
El chofer tenía un rostro simiesco; sus cejas espesas parecían una sola, y su mirada de mala sangre me inspiraba una inquietud tremenda. Tenía una pésima afeitada y se notaba en algunos gruesos canutos que sobresalían en las zonas del bigote y el mentón.
-A la intendencia- le dije. Asintió con una especie de gruñido y pisó el acelerador. Es común en esta ciudad que los taxistas conduzcan despacio y se demoren en los semáforos para que corran las fichas, y sacar algunos pesos más en los viajes cortos. Éste no era uno de ellos. No se cual era la razón de su pie pesado, pero el primer semáforo con el que nos topamos en el trayecto, lo cruzó en rojo y casi se lleva una moto por delante.
Yo, en el asiento trasero, tenía el corazón en la garganta por la adrenalina que me causaba tan presuroso viaje.
Llegamos a la intendencia, y el marcador sentenciaba el precio del viaje. Como sospeché salió menos de setenta pesos. Pagué y me bajé lo más rápido que me fue posible.
Busqué los cigarros en el bolsillo de la campera y saqué uno. Estaba a punto de encenderlo cuando lo vi. Allí estaba, en la explanada de la intendencia, esperándome. Guardé el pucho en la caja y fui hasta la esquina, crucé y fui a su encuentro.
-      A tiempo como siempre- me dijo. Lo miré y sonreí irónicamente. – Siempre soy puntual cuando se trata de trabajo- repliqué.
-      Vení, vamos a tomar un café y hablamos.
Tomamos asiento en un café un tanto cheto. Él pidió un cortado, yo como siempre, un café negro que bebí sin azúcar. Luego de diez minutos de charla irrelevante, sacó del bolsillo de la chaqueta un sobre de manila y me lo deslizó suavemente por la mesa.
-      Ahí tienes todos los datos que necesitas y la fotografía. Se te pagará bien. Confío que harás un excelente trabajo, por eso lo encomiendo a ti.
-      Cuanto.- digo secamente.
-      Junto con los datos está especificada la cifra, no te preocupes.
-      CUANTO.- insistí. Nunca acepto sin saber por cuanto.
-      Mirá, es mucho más de lo que podés imaginarte. Es todo lo que necesitás saber por ahora. Si querés aceptá, sino andate.
Lo miré fijamente a los ojos, y por un momento desconfié de sus intenciones. Pero finalmente acepté. Jaume nunca me había cagado, no iba a hacerlo ahora.
-      Bien.- dije- Podés considerar este trabajo como “hecho”.
Ambos sonreímos, terminamos nuestras bebidas de un trago y nos fuimos.
Al salir del local, el tomó un taxi y sin despedirse se fue. Yo tomé rumbo hacia la avenida nuevamente. Prendí un cigarro, caminé por un buen rato mirando los locales comerciales, sin ganas, como por matar el tiempo. Crucé la avenida y fui hasta una parada de ómnibus. Tomé el primero que apareció y me senté en el fondo.
Al bajar del colectivo me sentí un poco mareado. Pensé que probablemente me había caído mal el café, y no le di importancia. Caminé hasta el edificio, abrí el portón, tomé el ascensor hasta el quinto piso.
Una vez dentro de casa me saqué la campera, cerré las persianas y cortinas de la casa, puse agua en la caldera y encendí la cocina. Dejé el sobre en la mesa del comedor y no pensé en trabajo mientras aprontaba el mate.
Cuando por fin me decidí a abrirlo lo primero que me llamó la atención fue la fotografía. Era de una mujer hermosa, joven, de cabellos largos y dorados, y unos ojos verdes como el olivo. Sus labios, rojos y carnosos, eran tremendamente provocadores, y su piel tan blanca le daba una apariencia de muñeca de porcelana.
Luego leí todos los datos acerca de ella. Tenía veinticuatro años y estudiaba medicina. Vivía en un apartamento en el centro. Por la mañana asistía a clases, por las tardes iba al gimnasio. Había terminado hace poco una relación de años; solía vivir con su pareja, pero ahora estaba viviendo sola.
Terminé de leer todos los datos y volví a mirar la foto. Me dio pena. Esa pobre muchacha estaba pasando por un momento difícil en su vida, y su padre, un importante empresario, no tenía tiempo para ella. Su madre había muerto hace años a causa de una enfermedad terminal, y en esta etapa tan turbia de su juventud, el único de sus progenitores que le quedaba para brindarle un apoyo emocional, estaba demasiado ocupado con “una importante importación” que aseguraba no podía descuidar en este momento.
Fui hasta el armario y saqué mi caja de trabajo. La traje hasta el comedor y la deje sobre la mesa, al lado de los papeles. Saqué un balde de metal y un frasco de alcohol. Junté todos los archivos y el sobre de manila y los puse dentro, los rocié con alcohol, encendí un fósforo y quemé todo.
Mientras todo lo que necesitaba saber sobre la chica se perdía en el crepitar de las llamas, abrí mi caja de trabajo. Saqué mi arma y mientras le colocaba el silenciador pensaba en la pobre muchacha. Que pena que tan hermosa y noble joven tenga tan triste final. Era una verdadera lástima que a tan corta edad tenga que morir a manos de un enfermo hijo de puta, todo por un ajuste de cuentas entre traficantes.
Pobre chica. Probablemente ni siquiera sospecha que su padre sea un pez gordo del narcotráfico. Seguramente no tenga ni idea de que esta noche una bala le volará la cabeza, y que exhalará su último suspiro, y dejará este mundo para siempre. En cierto modo, me invade el remordimiento, siento culpa por lo que estoy a punto de hacer.
 Pero, ¿qué puedo decir? 500.000 dólares son un excelente calmante para mi alma dolorida. Más me arrepentiría si fuese otro desgraciado el que se llevara ese monto, pues yo soy el mejor.

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