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viernes, 15 de julio de 2011

La siesta

La música sonaba en el estéreo, y en su cabeza se sucedían imágenes extrañas y colores nuevos para el. Se encontraba medio dormido, en la mitad de la tarde, en un sillón en el medio del living de un departamento en el medio del centro de la ciudad.
Madrugar siempre lo dejaba fatigado. Pero ese día, sumado a la somnolencia que le causaba levantarse temprano, estaba también el estrés y el cansancio de tres pruebas parciales, y una visita a la abuela que necesitaba no se qué remedio por no se qué achaque, y como era el único nieto que tenía en  la capital, le tocó hacer de mandadero.
Pero ahora al fin estaba libre de todos sus deberes, al menos por el día de hoy. Había almorzado con la abuela, así que no tuvo que cocinarse y, por lo tanto, tampoco tuvo que limpiar nada en la cocina.
Afuera había comenzado a llover. Hace casi una semana que, a pesar de ser invierno, el ambiente estaba caluroso, como si un veranillo hubiese invadido el país. Se notaba, de todos modos, que el calorcillo venía de la mano de una asquerosa humedad, que a él en particular le destrozaba los pulmones; era evidente que, tarde o temprano, vendría una tormenta.
Efectivamente, esa tarde se desató el diluvio. Primero, el cielo, totalmente encapotado, largó unas débiles gotas, como un llanto melancólico; luego, las gotas fueron cada vez más gordas e iban cayendo con más fuerza, hasta que finalmente una lluvia rabiosa se apoderó de la ciudad.
Pero, lejos de molestarle, el muchacho seguía dormitando en el viejo sillón del living, siendo seducido de a poco por el mundo onírico, empujado hacia él por las diversas melodías salientes del estéreo, y por el golpeteo de la lluvia en la ventana, que tenía en él un efecto casi hipnótico; como un viejo metrónomo que tenía en el galpón de la casa de sus padres, en la costa, el cual solía tomar prestado por las noches, cuando el insomnio lo atormentaba, para ayudarse a conciliar el sueño.
Sin siquiera percatarse, el joven se encontraba ya inmerso por completo en un profundo y placentero sueño. Las más extrañas imágenes y situaciones desfilaron por su cabeza. Por un momento era un pirata, y recorría los mares en un velero magnífico pero que, de manera inexplicable, lo hacía por debajo y no por encima del agua. Esto de todos modos no le pareció extraño, pues es sabido que cuando estamos soñando las cosas más ilógicas nos parecen perfectamente lógicas en el instante, y solo nos damos cuenta de cuan incoherentes son al despertar.
De bucanero, saltó súbitamente a ser él mismo, con sus mismas facciones, su nombre. Se encontraba en el patio interior de una antigua casa, o quizás de un castillo. Lo único que veía eran las cuatro altas y grises paredes y de un lado al otro cuerdas de tender la ropa, con enormes sábanas blancas colgando de ellas.
Se dio media vuelta y de pronto no estaba más en aquel extraño tendedero, sino en una especie de galpón con enormes cajas de madera. Se acercó hacia la puerta y de pronto se encontraba en un centro comercial, similar al de su ciudad pero a la vez muy diferente. No había nadie. Entonces dijo: “Claro, por eso no vino.”
Abrió los ojos de a poco, miro a su alrededor y comprobó que se encontraba en el living, al fin despierto. Se rió al recordar su último sueño y lo poco coherente de su pequeña oración. Se incorporó y quedó sentado en el sillón, mirándose los pies. Emitió un enorme bostezo para desperezarse y se levantó en dirección al baño, se lavó la cara, se cepilló los dientes, pues no soportaba  el mal aliento que le había dejado la siesta, orinó y volvió al living.
Miró por la ventana y la lluvia seguía cayendo fuertemente. Enderezó para la cocina y puso agua a calentar en la caldera. Espero a que hierva, la puso en el termo, limpió el mate y buscó la yerba.
-¡Pero la puta madre!-exclamó. Buscó la campera, la billetera, el paraguas, tomó las llaves y salió a comprar la yerba que no tenía. 

miércoles, 13 de julio de 2011

Degeneración en generación

Jamás pude entender cuando mi viejo hablaba sobre las "diferencias generacionales". Es decir, entiendo el concepto, lo que significa, lo que implica; pero siempre me pareció una sensación ajena a mi persona. 
Lo que quiero decir es que siempre manejé mas o menos los mismos códigos sociales con la gente de mi edad o incluso menor. 
Pero a medida que pasa el tiempo todo cambia: cambian las modas, cambia la música, cambia la percepción que los jóvenes tienen de su entorno y, por lo tanto, cambian también los códigos.
Hace poco comencé a ser consciente de que estos cambios generacionales han comenzado a alcanzarme. La bofetada que me despertó de mi letargo e hizo que tenga esta revelación fue la popularidad que ha alcanzado una nueva expresión de la jerga adolescente: el "vapaé".
Mi primer encontronazo con esta nueva forma del lenguaje fue (¡oh, sorpresa en estos tiempos!) en la página de inicio de Facebook, donde un amigo de mi hermano la había publicado en su muro, en la sección "¿Qué estás pensando?", pasando, posteriormente, a sustituir su apellido por dicha expresión.
Luego de ese episodio, se hizo más frecuente su aparición en la red social, hasta que finalmente sucedió: por fin la escuché de la boca de otro ser humano, en vivo y en directo.
Seré sincero, me pareció molesta, infantil, insípida y sin sentido. Pero, como un yunque en la cabeza, pronto se me vino a la mente que probablemente esa sensación sería la misma (o al menos similar) que habrían experimentado mis hermanos mayores, cuando yo a mis dieciséis años me aparecía repitiendo muy canchero las expresiones juveniles del momento.
Como consecuencia de esa especie de epifanía que acababa de tener, decidí embarcarme en una investigación para descifrar el significado, en ese momento desconocido para mi, del "vapaé". Con convicción científica, comencé mi trabajo de investigación comunicacional como creí más lógico: preguntando a los involucrados. 
Fue así que, una noche tomando vino con coca-cola al lado del Novillo Alegre del Paso de la Cadena, interrogué a dos amigos de mi hermano, para que me iluminaran en el tema. 
Resulta, según ellos, que el "vapaé" o "va pa e" es una deformación de "va para ahí", que pasaría por "va pa ahí", para luego finalmente convertirse en "va pa e" que sonaría similar por fonética. Se usa como expresión afirmativa, como por ejemplo: -¿Vamos a comprar un vino? -¡Va pa eeeee!
Sigo intentando descifrar bien esta expresión, pero creo que voy bien encaminado. En cuanto a mi, tengo veintiún años y ya comienzo a ser consciente de estas diferencias generacionales. No quiero saber lo que va a ser cuando llegue a los cuarenta, si es que aún estoy vivo.

jueves, 16 de junio de 2011

Un triste blues para ti



Tienes hambre, 

hambre de excesos, 

hambre de noche, 

hambre de besos.




Tiemblan tus labios, 

tiemblan de ensueño. 

Tiemblan tus manos, 

arde mi pecho. 



Ya fue, 

todo pasó. 

Soledad, 

eso quedó.




Amargo trago 

en copa negra, 

de desengaño 

áspera piedra. 



Hallo en tus ojos 

lagos de fuego, 

hallo en tu boca 

licor austero. 



Fue en una noche 

de mar bravío, 

último beso, 

recuerdo impío. 

Confesiones de un cobarde enamorado

Si es que me callo
no es porque quiera,
ni es porque deba;
es que no me atrevo

a romper el silencio.
Al “bobo” cobarde
le tiembla la fibra,
esconde lo que siento.

Maldigo el momento
en que vi tu mirada
buscar mis pupilas,
hurgar bien adentro

de mi lastimosa
alma de perro,
que de una sonrisa
simple se enamora.

Maldigo la hora,
que empaña mi suerte
de labios callados,
caricias inertes.

Maldigo  el reloj
que no se detiene,
que no me da tregua,
que no me conviene.

Hoy miro mis manos,
vacías, gastadas.
La vida me lanza
furiosas patadas.

Seguir resistiendo
se ha vuelto rutina,
seguir respirando,
solo eso es la vida.

Ilusiones

Si acaso un día a tus ojos
logran llegar estos versos,
y todos los anteriores
donde están ellos inmersos,

y están igual que tus labios,
que tu piel y que tu pelo,
aquella tarde de otoño,
aquellos bellos recuerdos.

Quizás ese día me extrañes,
sea mi boca tu anhelo.
Se que es pedir demasiado,
mas serviría de consuelo

creer que un día me quisiste,
que te guardaste un “te quiero”,
y que de mi lo escondiste,
y lo ocultas con recelo.

Cenizas

Cenizas
caen al suelo enamoradas;
del rígido frío, la sucia mirada.

Y el viento
empuja su anhelo cual pluma.
Cenizas al viento se esfuman.

El trabajo

El día estaba nublado y caluroso; pero de todos modos tenía la convicción de que no iba a llover, asique no salí con paraguas. Cerré el portón del edificio, caminé hasta la esquina y esperé a que el semáforo indicara que podía cruzar. Doblé en dirección a la avenida y en cuanto llegué le hice señas a un taxi.
El chofer tenía un rostro simiesco; sus cejas espesas parecían una sola, y su mirada de mala sangre me inspiraba una inquietud tremenda. Tenía una pésima afeitada y se notaba en algunos gruesos canutos que sobresalían en las zonas del bigote y el mentón.
-A la intendencia- le dije. Asintió con una especie de gruñido y pisó el acelerador. Es común en esta ciudad que los taxistas conduzcan despacio y se demoren en los semáforos para que corran las fichas, y sacar algunos pesos más en los viajes cortos. Éste no era uno de ellos. No se cual era la razón de su pie pesado, pero el primer semáforo con el que nos topamos en el trayecto, lo cruzó en rojo y casi se lleva una moto por delante.
Yo, en el asiento trasero, tenía el corazón en la garganta por la adrenalina que me causaba tan presuroso viaje.
Llegamos a la intendencia, y el marcador sentenciaba el precio del viaje. Como sospeché salió menos de setenta pesos. Pagué y me bajé lo más rápido que me fue posible.
Busqué los cigarros en el bolsillo de la campera y saqué uno. Estaba a punto de encenderlo cuando lo vi. Allí estaba, en la explanada de la intendencia, esperándome. Guardé el pucho en la caja y fui hasta la esquina, crucé y fui a su encuentro.
-      A tiempo como siempre- me dijo. Lo miré y sonreí irónicamente. – Siempre soy puntual cuando se trata de trabajo- repliqué.
-      Vení, vamos a tomar un café y hablamos.
Tomamos asiento en un café un tanto cheto. Él pidió un cortado, yo como siempre, un café negro que bebí sin azúcar. Luego de diez minutos de charla irrelevante, sacó del bolsillo de la chaqueta un sobre de manila y me lo deslizó suavemente por la mesa.
-      Ahí tienes todos los datos que necesitas y la fotografía. Se te pagará bien. Confío que harás un excelente trabajo, por eso lo encomiendo a ti.
-      Cuanto.- digo secamente.
-      Junto con los datos está especificada la cifra, no te preocupes.
-      CUANTO.- insistí. Nunca acepto sin saber por cuanto.
-      Mirá, es mucho más de lo que podés imaginarte. Es todo lo que necesitás saber por ahora. Si querés aceptá, sino andate.
Lo miré fijamente a los ojos, y por un momento desconfié de sus intenciones. Pero finalmente acepté. Jaume nunca me había cagado, no iba a hacerlo ahora.
-      Bien.- dije- Podés considerar este trabajo como “hecho”.
Ambos sonreímos, terminamos nuestras bebidas de un trago y nos fuimos.
Al salir del local, el tomó un taxi y sin despedirse se fue. Yo tomé rumbo hacia la avenida nuevamente. Prendí un cigarro, caminé por un buen rato mirando los locales comerciales, sin ganas, como por matar el tiempo. Crucé la avenida y fui hasta una parada de ómnibus. Tomé el primero que apareció y me senté en el fondo.
Al bajar del colectivo me sentí un poco mareado. Pensé que probablemente me había caído mal el café, y no le di importancia. Caminé hasta el edificio, abrí el portón, tomé el ascensor hasta el quinto piso.
Una vez dentro de casa me saqué la campera, cerré las persianas y cortinas de la casa, puse agua en la caldera y encendí la cocina. Dejé el sobre en la mesa del comedor y no pensé en trabajo mientras aprontaba el mate.
Cuando por fin me decidí a abrirlo lo primero que me llamó la atención fue la fotografía. Era de una mujer hermosa, joven, de cabellos largos y dorados, y unos ojos verdes como el olivo. Sus labios, rojos y carnosos, eran tremendamente provocadores, y su piel tan blanca le daba una apariencia de muñeca de porcelana.
Luego leí todos los datos acerca de ella. Tenía veinticuatro años y estudiaba medicina. Vivía en un apartamento en el centro. Por la mañana asistía a clases, por las tardes iba al gimnasio. Había terminado hace poco una relación de años; solía vivir con su pareja, pero ahora estaba viviendo sola.
Terminé de leer todos los datos y volví a mirar la foto. Me dio pena. Esa pobre muchacha estaba pasando por un momento difícil en su vida, y su padre, un importante empresario, no tenía tiempo para ella. Su madre había muerto hace años a causa de una enfermedad terminal, y en esta etapa tan turbia de su juventud, el único de sus progenitores que le quedaba para brindarle un apoyo emocional, estaba demasiado ocupado con “una importante importación” que aseguraba no podía descuidar en este momento.
Fui hasta el armario y saqué mi caja de trabajo. La traje hasta el comedor y la deje sobre la mesa, al lado de los papeles. Saqué un balde de metal y un frasco de alcohol. Junté todos los archivos y el sobre de manila y los puse dentro, los rocié con alcohol, encendí un fósforo y quemé todo.
Mientras todo lo que necesitaba saber sobre la chica se perdía en el crepitar de las llamas, abrí mi caja de trabajo. Saqué mi arma y mientras le colocaba el silenciador pensaba en la pobre muchacha. Que pena que tan hermosa y noble joven tenga tan triste final. Era una verdadera lástima que a tan corta edad tenga que morir a manos de un enfermo hijo de puta, todo por un ajuste de cuentas entre traficantes.
Pobre chica. Probablemente ni siquiera sospecha que su padre sea un pez gordo del narcotráfico. Seguramente no tenga ni idea de que esta noche una bala le volará la cabeza, y que exhalará su último suspiro, y dejará este mundo para siempre. En cierto modo, me invade el remordimiento, siento culpa por lo que estoy a punto de hacer.
 Pero, ¿qué puedo decir? 500.000 dólares son un excelente calmante para mi alma dolorida. Más me arrepentiría si fuese otro desgraciado el que se llevara ese monto, pues yo soy el mejor.

martes, 7 de junio de 2011

Otra batalla perdida



Salí de la agencia pasada la medianoche. Me dolía la cabeza y todo el cuerpo, pero hacía días que estaba dedicándole todo mi tiempo a la nueva campaña y quería al menos una noche para mí. Salí a la avenida, crucé la plaza, tomé la peatonal y entré en el primer pub que encontré. Me acodé en la barra y pedí una cerveza.

No conocía a nadie. Mis amigos estaban casi todos en el interior, y los que estaban en la ciudad trabajaban al día siguiente, y no tenían intenciones de salir.

La música del antro apestaba, pero consideré que una cerveza bien fría compensaba el mal gusto del dj. Había alguna que otra minita buena, pero dadas mis habilidades sociales para con el sexo opuesto, que todas estuvieran fuertes o feas como como pisar mierda descalzo, daba lo mismo.

Yo también tenía que madrugar al día siguiente, pero me importaba poco. Además, el laburo me tenía las pelotas por el piso. Pensaba dejarlo pronto.

Salí a la vereda, prendí un cigarro. La correntada de gente que iba, de un lado para el otro, por la peatonal oscilaba entre planchaje y chetaje, parloteando y gritando; disputándose, en mi cabeza, la medalla de oro a la tribu más repugnante de la sociedad.

Cansado del panorama tiré la colilla del pucho, la pisé para apagarla, y me fuí.

Al llegar a casa paso llave y luego las dos trancas extra que tiene la puerta. Abro la heladera y saco un vino que tenía guardado desde hace semanas, sirvo un vaso y prendo la radio.

Mientras escucho a Dolina hablando sobre Escipión y su familia, me desparramo en el sillón y bebo un sorbo de tinto. Estaba algo ajerezado, pero pasable.

Luego de un rato la ansiedad me superó, no lo soporté más. No se de donde salía esa absurda necesidad, pero no la pude controlar. Pensé en lo que estaba a punto de hacer y pensé que era al pedo, que no convenía, que no lo necesitaba. Pero algo muy adentro mío quería hacerlo, y no admitiría razón alguna.

Levanté el tubo del teléfono, mis dedos discaron de memoria ese número que ya conocían hace tiempo, que tanto extrañaban marcar. Esa mínima fracción de tiempo antes del tono me pareció eterna. El pitido al fin sonó, y sonó, y sonó... No atendió nadie.

¡Mierda!

martes, 10 de mayo de 2011

En la ciudad



El humo de los autos, de los taxis, los autobuses, los carritos, las chimeneas de las casas y edificios, de las fábricas...,de un cigarro. El ruido de la gente, los motores y bocinas, el tránsito, los pregones, los insultos, etcétera. Los peatones caminando como desesperados, pechandose los unos a los otros, cada cual en su monósfera con sus propios intereses; los trileros en las aceras timando a cualquier bobo curioso que se anime a darles un billete creyendo que puede probar suerte; los stands clandestinos que, en la vereda, venden lo que sea: mates, bombillas, termos, tapas de termos; juegos de pc, playstation, family, o lo que sea; películas pirata, o discos. Las plazas repletas de artesanos con sus paños que venden sus manufacturas al mismo tiempo que se toman una cerveza o fuman un porro, sin que eso les parezca inadecuado. 


Todo eso y tantas otras cosas. Las viejas quejumbrosas, altas defensoras de una moral de otro tiempo en el que, según afirman, todo era mejor. Los gordos burgueses sentados en los cafés bebiendo su cortado y devorando medialunas casi con la misma avidez con que se comen el diario matutino. Los pichis durmiendo sobre cartones, tapados con viejas y mugrosas frazadas, cobijados, con suerte, por algún viejo pórtico que se hayan ganado como lugar asiduo con el paso de los años. Los planchas en las esquinas acechando a todo el que les pase por al lado o salga de un quiosco para pedirle una moneda, sea, sinceramente, para el vino, o bajo otro pretexto, siempre tan cargosos, molestos, infumables.


Los barrios, las calles abundantes de sombra por los árboles, los niños que juegan en la vereda con la pelota, o simplemente correteando. La gente sentada en la puerta a media tarde, con mate y galleta, radio y prosa, matando el tiempo.


La ciudad, con su alegría y tristeza, su amor y su odio, su risa y su llanto, sus festejos, sus crímenes, sus mártires, sus torturadores y torturados, sus historias de gloria y sus retratos más trágicos; con todo lo que conlleva por el peso de la civilización, esta ciudad, mi ciudad, no puede nunca dejar de ser la fuente de donde mana mi inspiración.