Salí de la agencia pasada la medianoche. Me dolía la cabeza y todo el cuerpo, pero hacía días que estaba dedicándole todo mi tiempo a la nueva campaña y quería al menos una noche para mí. Salí a la avenida, crucé la plaza, tomé la peatonal y entré en el primer pub que encontré. Me acodé en la barra y pedí una cerveza.
No conocía a nadie. Mis amigos estaban casi todos en el interior, y los que estaban en la ciudad trabajaban al día siguiente, y no tenían intenciones de salir.
La música del antro apestaba, pero consideré que una cerveza bien fría compensaba el mal gusto del dj. Había alguna que otra minita buena, pero dadas mis habilidades sociales para con el sexo opuesto, que todas estuvieran fuertes o feas como como pisar mierda descalzo, daba lo mismo.
Yo también tenía que madrugar al día siguiente, pero me importaba poco. Además, el laburo me tenía las pelotas por el piso. Pensaba dejarlo pronto.
Salí a la vereda, prendí un cigarro. La correntada de gente que iba, de un lado para el otro, por la peatonal oscilaba entre planchaje y chetaje, parloteando y gritando; disputándose, en mi cabeza, la medalla de oro a la tribu más repugnante de la sociedad.
Cansado del panorama tiré la colilla del pucho, la pisé para apagarla, y me fuí.
Al llegar a casa paso llave y luego las dos trancas extra que tiene la puerta. Abro la heladera y saco un vino que tenía guardado desde hace semanas, sirvo un vaso y prendo la radio.
Mientras escucho a Dolina hablando sobre Escipión y su familia, me desparramo en el sillón y bebo un sorbo de tinto. Estaba algo ajerezado, pero pasable.
Luego de un rato la ansiedad me superó, no lo soporté más. No se de donde salía esa absurda necesidad, pero no la pude controlar. Pensé en lo que estaba a punto de hacer y pensé que era al pedo, que no convenía, que no lo necesitaba. Pero algo muy adentro mío quería hacerlo, y no admitiría razón alguna.
Levanté el tubo del teléfono, mis dedos discaron de memoria ese número que ya conocían hace tiempo, que tanto extrañaban marcar. Esa mínima fracción de tiempo antes del tono me pareció eterna. El pitido al fin sonó, y sonó, y sonó... No atendió nadie.
¡Mierda!

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